En el libro “El Fascinante Mundo del Sueño“, Peretz Lavie, un científico del sueño nos descubre un caso enigmático registrado por una de esas personas que ayudan a los investigadores a recoger información de los sueños y las ondas cerebrales. El Sr. R:
Pero la mayor sorpresa nos esperaba después de los registros del sueño del 28-29 de noviembre de 1984. El Sr. R. se despertó de su quinto sueño REM e informó que no recordaba ningún sueño. Murmuró una palabra que, dijo, tenía grabada en la mente; la palabra era “carburo” [carbide en inglés]. El técnico del sueño, que era experto en entrevistar a sujetos cuando éstos se despertaban después del sueño REM, intentó que ampliara la información, pero fue en vano. De lo único que el Sr. R. pudo informar fue dicha palabra, carburo. Añadió que era “algún tipo de gas maloliente”. El carburo tiene, en efecto, un olor particularmente acre, que por lo general suele detectarse después de la soldadura acetilénica de metal. El Sr. R. rechazó cualquier posibilidad de que hubiera trabajado nunca en este campo concreto en ningún momento de su vida. Sabía lo que era el carburo, pero no podía pensar en ninguna razón por la que esta palabra en concreto hubiera aparecido en su sueño REM.
Tres días después de la prueba del sueño del Sr. R., el 3 de diciembre, ocurrió en Bhopal, India, el peor accidente industrial de la historia. En una explosión de una planta química, más de cuatro mil personas perdieron la vida y otras veinte mil resultaron heridas. La fábrica pertenecía a una compañía norteamericana llamada Unión Carbide. Puedo recordar todavía mi conmoción al oír las noticias por la radio. La coincidencia era sorprendente. ¿Cuál es la probabilidad de que el nombre de la compañía propietaria de de la fábrica se hubiera mencionado en el sueño de una persona cuyos sueños eran, en cualquier caso, tan extraños e insólitos? Telefoneé inmediatamente al Sr. R. para saber si también él había oído las noticias, y así era. Su reacción inicial fue: «sólo es una coincidencia. No creo en los adivinos».
El extraño sueño del Sr. R. es uno de aquellos casos que un científico que desea proteger su buen nombre archiva bajo el encabezamiento de «observaciones imposibles». Estoy convencido de que si le hubiera ocurrido a cualquier otro que no fuera uno de mis sujetos yo habría encontrado la historia difícil de creer. Y, sin embargo, ocurrió tal y como lo he descrito, y creo que la descripción debe seguir sin interpretarse. Ni por asomo intento concluir de ello, ni siquiera sugerir, que el futuro puede adivinarse o predecirse a través de los sueños. Es casi seguro que se trató de una coincidencia única, pero dejo que mis lectores saquen sus propias conclusiones.
Otro libro “Era Medianoche en Bhopal“, de Dominique Lapierre y Javier King nos cuenta:
Las tiendas del bazar habían bajado sus persianas metálicas. Centenares de culis dormían envueltos en mantas sobre carritos inmóviles. Una a una, las luces de las viviendas de la avenida Hamidia, la arteria central de la ciudad, se habían apagado. En el norte brillaban, como una inmensa guirnalda de Navidad, las bombillas de la fábrica de Union Carbide. Los amantes de la poesía, muy numerosos en Bhopal, se habían congregado en la plaza de las Especias, en la ciudad vieja, para asistir a un recital del gran maestro de poesía urdú Jigar Akbar Khan. Hasta los eunucos acudieron en tropel.
“La muerte aparece como una libélula silenciosa, como la espuma sobre el río…”, recitó aquella noche el viejo poeta con barba blanca.
¿Era acaso una premonición?
Más entrada la noche:
Multitudes cegadas por las quemaduras del gas, asfixiadas por el veneno, se diseminaban por el campo buscando oxígeno. La gente se desplomaba en las calles, en las plazas, a lo largo de las carreteras. Acostumbrado por sus ejercicios de ascesis a respirar sólo una vez de cada tres o cuatro minutos, el Naga Baba, un santón desnudo que llevaba 30 años viviendo a la sombra de un tamarindo, apenas inhaló los vapores de la nube que pasaba. Fue el único superviviente de su barriada. A su alrededor, y bajo los efectos del gas, otros cuerpos se dilataban, se hinchaban y se contraían antes de enderezarse como fantasmas. En sólo unos minutos, los efluvios mortales mataron a 3.000 personas. Otros miles morirían durante las semanas, los meses y los años siguientes.